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Sol Iametti, aferrarse a la palabra cuando todo cae

La poeta y escritora argentina Sol Iametti comparte un poema que invita al recogimiento y a mantener la esperanza. Porque cuando todo cae nos queda la escritura, la palabra como arma, como antorcha a la que aferrarnos. Porque todo, incluso lo más oscuro, al final pasa.
El coronavirus es una pandemia que no entiende de fronteras ni de países. Esta realidad la estamos viviendo con diferentes intensidades en todo el planeta. En el cono sur, donde ahora están dándole la bienvenida al otoño, la poeta y escritora argentina Sol Iametti nos comparte desde Buenos Aires un poema que actúa como puente, tejiendo lazos entre dos países llenos de historias comunes.
Poder escuchar la voz de Sol recitando es como adentrarse en un túnel oscuro con una linterna que de repente, ilumina el camino y hace desaparecer la sombras. Porque cuando todo cae nos queda la escritura, la palabra como arma, como antorcha a la que aferrarnos. Porque todo, incluso lo más oscuro, al final pasa.

Cuando todo cae

Cuando todo cae
y aflige
entonces
leer un poema de Audre Lorde
y estudiar el movimiento.

Quedar tendida en la música blanca
de la resiliencia.

Eso es lo que promete hoy:
pendular
sobre la boca de la belleza
perdurar
sobre el anhelo de una voz
que irrumpa en el castillo de la bestia
y rompa el silencio.

Todas en mí dirán:
cristales, cristales, cristales.

Cuando todo cae
y persiste
pienso:
la hiedra de la poesía
es un hecho extraordinario
de este mundo.

Escribir cuando se corta la luz,
escribir con los ojos vendados
y aun así dilucidar los estímulos lumínicos,
la voz de la luciérnaga.

Aun así rozar el agua de la memoria
y con los mismos dedos
de los que nace el placer
llenar el fondo de corales.

Tocar, oler, morder
el silencio
pero no contarlo todo.
Y con los ojos llenos de lágrimas,
con los ojos al nivel del aire susurrando,
dejar
ese aroma a herida
apenas ansioso
apagarse.

Cambiar aquella lengua letal
por la lengua del ámbar.

Cuando todo cae
y hiere:
limpiar las algas.
Pasar
mañanas merodeando la palabra,
manteniendo intacta la melodía mansa
de la nieve cuando cae.

Leer un poema
y quizás,
entonces,
fundar mi primera ciudad,
quizás
reinventar mi nombre.

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